23.9.11

Y de repente, la muerte

Un miercoles cualquiera. Particularmente alegre por motivos banales. Calculando las medidas de unos cuadritos para la pared verde.
Y de repente, la muerte que se anuncia al teléfono, en la voz temblorosa de una amiga: "pasó lo peor", dijo.
Lo supe enseguida, pero sin embargo insistí con el libreto: "que, que, que, decime que. Que es lo peor".

"la mataron".









Dos semanas despues, puedo decir que mi reacción fue dramática; que a la calma zen que creia incorporada (aceptar y seguir) le falta mucho pulido.
Grité, lloré, me temblaron las piernas. Pero igualmente me autoconvencí de que no podía ser cierto.
Le dí un beso a un clonazepám mientras esperaba a Moncheri y me cambiaba para ir a la fuente a certificar la noticia.
La guardia de un hospital público, en la noche profunda de un día de semana, no se parece en nada a los escenarios por los que habitualmente me muevo.
Abrazé al nuevo viudo en cuanto lo ví y lo miré desesperada al fondo de los ojos con un "que pasó" lascerante.
"la mataron", certificó.

Ya lo habia anticipado Moncheri: con eso no se jode. Si te dijeron asi, asi debe ser.
Los mocos pintaron las mangas de mi buzo, mientras llamaba a todas para decirles "es verdad" y escuchar el silencio que venia despues, en todos los casos.
Volvimos a casa circunspectos.
Con el tranquilizante en la sangre, me fui a dormir y dormí bien.
El despertador sonó como todos los dias, a la misma hora. 8 horas antes habia dicho "voy a ir a trabajar igual, y cuando sepa los datos del velatorio me voy". Como si tal cosa....
Le dí un manotazo al reloj, acaricié a mi gata entre sueños y cuando me incorporé en la cama para bajarme, la normalidad con la que estaban sucediendo las cosas me dejó helada.
No era un día mas. Era el primer dia que mi amiga ya no iba a vivir.
Seguí con la pantomima de ir a trabajar, pero tan afectada que el hombre del garage me abrazó mientras lloraba y sacaba el auto.
Me contuvo, tambien, la compañera sensible de banco. Me hizo unos pases magicos de reiki en la espalda y las lagrimas cesaron.
Pasé la tarde en la casa de otra amiga, tomando mate al sol y escuchando de fondo programas de chimentos en la tv, mientras su madre nos hacía sandwichitos.
Fue lo más parecido a las tardes de mi adolescencia de los últimos 15 años.
Esperamos, en vano, el dato del velatorio. Recien lo supimos al dia siguiente.
Ellas no quisieron ir al cementerio. Yo si. Queria ver con mis propios ojos que esto efectivamente estaba pasando.
Me acordé de cuando iba abrazando a mi hermana, mientras metían en un nicho el cajón de su entonces novio, en el mismo cementerio.
Me movilizó ver el nombre de mi amiga grabado en la plaquita de bronce.

"vamos", dijo Moncheri. "Ya no hay mucho que se pueda hacer acá".
"Dejame despedirme de algunas personas; seguramente sea la ultima vez que las vea".

Me presenté ante la madre y le agradecí por la amiga que me habia dado.

Nos fuimos en silencio, discutiendo por pavadas.
El retorno a la vida habitual estuvo marcado por una porción doble de torta.
Un sacudón de azucar siempre levanta.


Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

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