1.4.09

Insomnia

El besito de las buenas noches, el apachuchamiento con las cobijas, la oscuridad total y los ruidos de la casa.
En ese orden se presentaban las cosas, cuando andaba por los 9-11 años.
Y entonces sobrevenían los pensamientos recurrentes que no me dejaban dormir.

Uno era: si pongo un vaso de agua fria al aire libre, comenzará a perder frío. Pero hasta cuando? Que temperatura máxima alcanzará? Por que no sigue hasta hervir?
Alguna noche de esas deduje el concepto de temperatura ambiente, y que era ésa la temperatura a la que tendería el agua de aquel vaso. Eureka.

La otra cuestión era un poco más compleja.
Pensaba yo: si un comerciante vende 1 caja a $10, gana $10. Pero si vende 2 a $8, gana $16. Ok, no es lo mismo, pierde un poco. Pero si tiene la caja en el estante y se le llena de polvo y no gana nada, porque no la vende más barato? El gana igual. Nosotros pagamos menos. Ganamos todos.
Me comía la cabeza pensando cual era la falla de mi teoría (si no estaba implementado en la vida real, evidentemente tenía que haber un error).
Sin duda, los bolsones de 10 paquetes de fideos partidos que mi madre conseguía de oferta en el mercado central hacían mella en mi mente infantil.
(Los fideos moños con manteca tienen, para mi, gusto a hiperinflación.)

Pasan varios años. Me crecen las tetas, coqueteo con muchachos, empiezo una carrera universitaria, no, mejor esta otra, no, esta no, mejor vuelvo a la anterior, y en una clase de economía el círculo se cierra.
El profesor explica el concepto de dumping y la niña insomne sonríe a través de mi boca.
Eureka.

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