29.9.08

Romance del matarife y la hija del carnicero



Esther se llama Esther, pero en la feria los puesteros la conocen como Coca y a ella le encanta.
Coca, la hija del carnicero.
Cuando era una adolescente modosita, su padre era el dispensador de bifes y cortes de asado para todo el barrio. Usaba la sierra con tal determinación y firmeza, que cualquier otra metáfora de masculinidad era decir poco.

Antonio, el matarife, aparecía todos los jueves en el local.
No hizo falta mucho para que Esther se enamorara perdidamente de Antonio.
Cuando él cargaba las medias reses sobre su espalda curtida y reptaba hacia el mostrador, las mismas gotas de sudor que resbalaban por sus omóplatos, se hacian eco en las gotas vergonzosas que surcaban la entrepierna temblorosa de Esther.

La película en cartel alimentaba sus fantasias: Isabel Sarli, la auténtica Coca, hacia gala de sus perfectas curvas en un episodio violento sobre una res.
Carne sobre carne.

Esther estaba convencida que estaba muy mal pensar en semejante aberración, mucho más decirlo y ni osar (valgame dios!) con insinuarlo.
Pero por mas que se persignase y fuera al templo, no podia dejar de imaginarse el peso de Antonio sobre ella, sucios de sangre de los cortes de vaca, gimiendo, gritando y arañando la espalda tantas veces deseada.
"que pretende usted de mi?", le diria falsamente candorosa, ya desnuda y entregada a la dureza evidente.

La calentura iba in crescendo, insostenible. Pero un dia Antonio no vino más. Y tampoco el otro jueves, ni el otro.
Desaparecío del barrio. Se decia que habia conseguido un empleo en una fábrica.

Esther se frotó en su recuerdo un par de veces más. Despues lo fue olvidando.

Los años que hicieron de Esther una señora grande, dejaron habilitada una conexión en su memoria que se ilumina cuando va al mercado.
Allí, entre góndolas de cortes de carne estandarizados, perfectamente alineados en sus bandejitas de plástico y prolijamente etiquetados, Esther se remonta a sus tardes de juventud.. y no puede -ni quiere- evitar que se le erizen los pezones cuando pasa su mano por la mercaderia: bife, vacio, tapa de asado, costillar, entraña.
Lomo. Lo mo. LOMO. L O M O...

Casi Anís

El destino plantó en el terreno lindero a mi casa de la infancia una familia muy prolífica.
Por uno, no eran los 8 hermanos del famoso anís.
Crecían los retoños, al tiempo que envejecía el ligustro que mal cumplía sus funciones de medianera.
Una ventanita podada a mano era testigo de charlas infantiles: "chiquiiiiiiiiiiiiiiiitaaaaa!" nos llamaba la vecina para jugar.

El éxito gestacional no se repetía en lo económico.
Las penurias de "los del fondo" se nos hacían carne y vivíamos así nuestro propio cuento de realismo mágico, sin magia y sin cuento.
Suicidios fallidos con veneno de rata, golpes, gordinflones borrachos y rateros por falopa. Niños sin juguetes y ancianos con frío. Trabajos miserables y salarios ídem. Sueños tan simples que mas bien caían en la categoría de derechos básicos.
Solo faltaba alguien que levitase, pero ese mito lo suplimos rápidamente con la historia del hombre-gato.

La ventana de mi habitación daba al ligustro, que para la época de la adolescencia ya era casi un recuerdo.
Uno no podia descambiarse sin tener que cerrar un poco las cortinas.
Y si súbitamente pasaba uno de los 7, nos saludabamos con cortesía ("hola Lala" "hola Esteban") haciendo caso omiso de la remera esgrimida como escudo, defendiendo la inocencia de un corpiño por demás deshilachado.

Señales

Una mañana de sábado gris, se escuchó un pajaro cantar en la ventana del lavadero.
Me asomé y lo ví.
MonCheri! Veni a ver!
Eran 2, que jugueteaban. Se sobrepasaban, se buscaban y se cantaban canciones.
MonCheri amplió el espectro y dijo "allá va la bandada", señalando una V que se distinguía a lo lejos.
Son las golondrinas!- exclamé eufórica, cayendo en la cuenta de la fecha del calendario.

La magia del momento nos fundió en un abrazo tierno, mientras seguíamos mirando por la ventana.
En mi cabeza siguieron resonando por unos dias aquellos versos de Becquer que repetía mi madre ("volveran las oscuras golondrinas..")

El sábado siguiente volvieron.
Ahora no paro de verlas por toda la ciudad.

11.9.08

Nube negra

A veces, la nube negra también se acomoda en mi cama y me hace ver todo horrible.
Y asi estoy, horas y horas que suman días sin encontrar motivos para salir a la calle más que la nefasta cuerda que me tira hasta la oficina para ganarme el puto pan.
Y no. Si supiera cual es el motivo que me tira tan abajo, tendria al menos la primera letra para destrabar el crucigrama.




Sabina - Nube negra
letra

6.9.08

La lluvia y yo

Hay 3 hechos lluviosos en mi curriculum:

1. En épocas de colegio, cuando se anunciaba una tormenta importante yo sonreía y mi madre me esperaba con una toalla.
No voy a mentir que era un hábito, pero sí que lo hice 3 ó 4 veces.
Llovía, tronaba, las calles se anegaban, y yo volvía a casa caminando despacito, lavándome de todo.
Pateaba el agua podrida de las esquinas y me alineaba perfecta con los desagotes de las marquesinas.
Era el momento ideal para hacer carne el "me cago en todo": en el pelo que tiene que estar acomodado, en el uniforme que debería cuidar, en las normas que dicen que a la lluvia hay que huirle y no disfrutarla.
Era absurdamente feliz.

2. Una juguetería había publicado un aviso pidiendo empleados para satisfacer la demanda navideña. Ahi fui yo. Esperé calurosa en una cola eterna, para ser atendida en un galpon venido a menos, donde un gordo detras de una tabla sobre caballetes que improvisaba una mesa, se daba cortes de empresario. (No podian ser sino los '90)
El trabajo era pésimo: habia que hacer un curso de capacitación (eufemismo para trabajar gratis) durante 2 semanas, despues de las cuales harían la selección para encontrar al dueño de la miseria que ofrecían.
Y encima, te sometían a un test psicológico.
El test consistía en dibujar 2 cosas: un árbol frente a una casa y una persona bajo la lluvia.
Abandoné cualquier sugerencia y dibujé lo que sentía.
El árbol fue un palo borracho lleno de espinas, que miraba hacia la casa.
La persona bajo la lluvia era yo. Le hice el jumper, los brazos abiertos, el charquito bajo los pies, omití el paraguas y le dibujé una sonrisa.
Nunca me llamaron.

3. Tuve, desde pequeña, la fantasía de tener un paraguas transparente.
Como acá no se consiguen (pero en Japón si), repartí la instrucción entre mis cercanos: si ven un paraguas así, no importa lo que salga, me lo compran.
Cuando LaMayor hizo su Grand Tour por europa, vió mi paraguas en Amsterdam.
Era largo y no se plegaba. Era incómodo. Pero era hermoso.
Viajó por Amsterdam, lo arrastró por Paris y finalmente llegó a mis manos una noche en Barcelona, donde las hermanas Spika coincidieron historicamente una vez.
Pasó despues por Lisboa, y fue odiado en la escala en Milan, de regreso a casa.
Lo saqué hace poco a pasear y me sentí hermosa por tener la posibilidad de ver el cielo, cuando todos los demas se escondían bajo sus techitos negros.
Unos días despues, en la mas porteña de las esquinas, un morocho ofrecía paragüitas transparentes a una módica suma.
Finalmente el container de importación habia arribado al puerto de Santa Maria de los Buenos Ayres.


La lluvia y los otros



Me gusta la lluvia porque es democrática.
A todos moja, a todos molesta.
Le cerrará el pico al que estaba en pose tomando gin-tonic en una terraza de moda y obligará a todos a ser mas auténticos.
Los dias radiantes insuflan en las personas un afán por estar divertidos, por asolearse, por pasearse en parejas, amigos o familia.
Nadie quiere quedarse encerrado en un dia brillante: porque es pecado, porque estamos perdiendo el tiempo, porque no se debe.
Salen, así, todos disparados a copar parques, calles y paseos y vuelven al anochecer congestionando el tránsito.

Los dias de lluvia, por el contrario, no obligan a nada.
Esta bien visto quedarse en pantuflas tomando té y gastando horas en la red, con las gafas de leer..que oh! no son tan fashion.
El depresivo, el solitario y el huraño lo seguirán siendo.
Pero los falsos alegres, los bufones y los superfluos sintonizarán las noticias para saber con exactitud cuando empieza la función de nuevo.

5.9.08

6 centimetros



En un futuro paralelo que arranca en 1998, soy la esposa de Otto y vivo en Berlin.
Viajo mucho, pero nunca sé el destino con anticipación. La aerolínea que me cuenta entre sus huestes me provee de un trajecito color manteca y me obliga a ponerme un pañuelo malva al cuello.
Despues de tantos años de pasear por los pasillos en las alturas, mis várices son cada vez mas dificiles de ocultar, a pesar de los horrendos zapatos de taco bajo que son parte del uniforme.
Cuando servía mis primeras bandejas, tenia la ilusión de que conocería el mundo como la palma de mi mano.
La verdad es que no me sé de memoria las callecitas de Paris, ni conozco como un paisano los mejores bistrots de Austria. Conozco, si, los principales aeropuertos como si fueran mi casa. Me paseo aburrida por los free-shops y tengo una colección envidiable de perfumes.
Mi compañero Eugenio se convirtió en mi mejor amigo: sus aventuras homosexuales con viajeros y capitanes son mi comedia de cabecera. Aunque ahora en Berlin ya nunca lo veo..
Tuve un petrolero indio que me cortejaba dejándome bombones cada vez que viajaba en business, distinguiendose de los tilingos que me creen su sirvienta. Y sufrí como una condenada cuando me enamoré del capitan casado con hijos que jamás dejo a su esposa.

A Otto lo conocí en un bar de Roma, en una escala del viaje a Frankfurt. Somos promedianamente felices con nuestro stock de cervezas y salchichas.


El punto de quiebre entre esta realidad y la mia, fue una aviso en el diario que pedia azafatas y requería 1,65 metros de altura.
Mi lastimoso vestuario y mi desfalleciente economía me obligaron a presentarme con una minifalda de boliche para satisfacer su pedido de que fuese con falda, estirada hasta lo imposible para que se acercara más a las rodillas.
Un peinado entre punk y Evita, se ilusionaba en zanjar la diferencia de centimetros que me separaban del mínimo. Eso, y los tremendos tacos.

La ingrata que me recibió me miró como a un perro enfermo, me hizo descalzar y me clavo el metro en la cabeza, entre mis cabellos que se elevaban como juncos : No, no te da la altura. Quiza para estar en tierra...

Mi autoestima y mis ganas de conocer el mundo se aguantaron las lágrimas y se tragaron la bronca.
Me fuí en llamas, escribiendo con sangre la promesa de que algun día me pagarían para que viaje con ellos. Y no como su empleada.

No hubo Otto, ni Eugenio, ni bistrots de Austria, ni callecitas de Paris para mí.
Aunque soy bastante feliz con mis 3 perfumes y mis piernas libres de várices.