3.11.08

Paul

Cuando el sol le salía en los ojos, le amanecía una puteada en los labios.
"Me cago en Bertin!", decía con toda la peruanidad que le era posible, aquella que se le habia pegado en las suelas, en las manos, y se le habia metido en los recovecos de las orejas durante los 6 años de infancia que pasó en Lima.

Superado el malhumor, se calzaba el traje color teconleche y se anudaba con desgano la pajarita. El bombín lo usaba por costumbre; el bastón, por gusto.
Al menos el trabajo le quedaba cerca: apenas unas cuadras, derecho por la Rue Lafitte.
Comodidad. Una cualidad que le apetecía y por la que no había dudado en aceptar la oportunidad que aquel amigo de la familia con buenos contactos le habia ofrecido en el estudio.
Jamás se había imaginado como corredor de bolsa, pero a decir verdad tampoco se había permitido imaginar demasiado todavía, a sus veintipocos.
En esas horas infinitas, rodeado de planillas y un clima espeso, lo mas agradable era la amistad que habia hecho con Emile, cuando ambos eran novatos al entrar en la
compañia.
Para el lunes de la puteada, Paul ya estaba bastante anesteciado: 12 años en la Bolsa, 5 hijos, 1 esposa y 34 junios soplando velas.
De la paz que conseguía en las clases de dibujo a las que iba con Emile despues del trabajo, poco quedaba al llegar al viernes.

Esa semana fue la muerte: el mas chiquito no le habia dejado dormir un solo dia y para peor, a la bolsa de París se le ocurría colapsar.
El jefe habia sufrido un infarto por los nervios, y en la oficina todos estaban pálidos y ojerosos haciendo cuentas, tratando de contener la pesadumbre y los saldos en rojo.
Me cago en la puta!", decia apelando a sus ancestros hispanos.

Ese día, desandando la Rue Lafitte se dijo por enésima vez "esto no es vida".
"No puede ser que no haya nada mas alla."
"Esto es una mierda."


Al llegar a su casa, se aflojó los mocasines, se desató la pajarita y suspiró con el suspiro mas profundamente alguna vez suspirado: "Se van todos a la puta que los pario".
Haría cualquier cosa. Cualquiera.
Hasta podria trabajar como obrero en la construccion del canal interoceánico del que tanto se hablaba, allá en centroamérica.

El lunes siguiente presentó la renuncia en Bertín.
El ultimo firulete de su firma en la carta de dimisión estaba aparentemente ligado al ardor que tenia hace años en la boca del estómago.
Al firmar, el ardor se fue y se le ensancharon los pulmones: era la primera vez que respiraba.


Paul Gauguin, 1848-1903, corredor de bolsa

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