16.10.08

El fitito

TiaBonita tenía un fitito blanco.
Es fácil imaginarla en las tardes sepia llegando de su trabajo como contadora en LaFabrica, llena de pulseras y con tacos altos; brillando entre la mansedumbre de las maestras, costureras y empleadas de sus vecinas.
Mi ideal de glamour e independencia se encarnaba en sus uñas rojas y en el tin-tin de su taconeo.

Después de ese auto vinieron otros. El fitito blanco quedó arrumbado en el jardín, tapado con polvo y una alfombra vieja.
Cuando tuve edad de conducir lo reclamé.
Vendemelo!- dije.
Pero claro, mi eufemismo era muy barato: no tenia dinero, ni trabajo, ni ahorros ni sponsors.
Regalamelo!- rogaba en realidad.
El auto fue a parar a las manos ajenas que pudieron pagar lo que TiaBonita exigía.

Más adelante, fue mío otro de sus autos: un Renault6 color óxido que se negaba a arrancar sistemáticamente y cuyas puertas se abrían al girar en las esquinas.
Al pobre Renolito le robaron la batería, un día que lo dejé estacionado en la puerta de casa.
Mi magra economía no pudo afrontar el coste de una nueva y así lo perdí.
No me duró mas que unos meses.

Años después, mi afán conductor se materializaría en un auto tan rojo como las uñas de TiaBonita y tan Fiat como aquel 600.
El glamour y la independencia venían gratis.


1 comentario:

el burro dijo...

la que escribe muy bien sos vos. y aunque no soy quién para decirlo, igual lo digo: por favor no dejes de escribir, el barrio necesita de plumas como la tuya.
ah, y mi primer auto fue un fitito. nunca hubo un segundo; no es fácil superar la nostalgia de un fitito.