6.9.08

La lluvia y yo

Hay 3 hechos lluviosos en mi curriculum:

1. En épocas de colegio, cuando se anunciaba una tormenta importante yo sonreía y mi madre me esperaba con una toalla.
No voy a mentir que era un hábito, pero sí que lo hice 3 ó 4 veces.
Llovía, tronaba, las calles se anegaban, y yo volvía a casa caminando despacito, lavándome de todo.
Pateaba el agua podrida de las esquinas y me alineaba perfecta con los desagotes de las marquesinas.
Era el momento ideal para hacer carne el "me cago en todo": en el pelo que tiene que estar acomodado, en el uniforme que debería cuidar, en las normas que dicen que a la lluvia hay que huirle y no disfrutarla.
Era absurdamente feliz.

2. Una juguetería había publicado un aviso pidiendo empleados para satisfacer la demanda navideña. Ahi fui yo. Esperé calurosa en una cola eterna, para ser atendida en un galpon venido a menos, donde un gordo detras de una tabla sobre caballetes que improvisaba una mesa, se daba cortes de empresario. (No podian ser sino los '90)
El trabajo era pésimo: habia que hacer un curso de capacitación (eufemismo para trabajar gratis) durante 2 semanas, despues de las cuales harían la selección para encontrar al dueño de la miseria que ofrecían.
Y encima, te sometían a un test psicológico.
El test consistía en dibujar 2 cosas: un árbol frente a una casa y una persona bajo la lluvia.
Abandoné cualquier sugerencia y dibujé lo que sentía.
El árbol fue un palo borracho lleno de espinas, que miraba hacia la casa.
La persona bajo la lluvia era yo. Le hice el jumper, los brazos abiertos, el charquito bajo los pies, omití el paraguas y le dibujé una sonrisa.
Nunca me llamaron.

3. Tuve, desde pequeña, la fantasía de tener un paraguas transparente.
Como acá no se consiguen (pero en Japón si), repartí la instrucción entre mis cercanos: si ven un paraguas así, no importa lo que salga, me lo compran.
Cuando LaMayor hizo su Grand Tour por europa, vió mi paraguas en Amsterdam.
Era largo y no se plegaba. Era incómodo. Pero era hermoso.
Viajó por Amsterdam, lo arrastró por Paris y finalmente llegó a mis manos una noche en Barcelona, donde las hermanas Spika coincidieron historicamente una vez.
Pasó despues por Lisboa, y fue odiado en la escala en Milan, de regreso a casa.
Lo saqué hace poco a pasear y me sentí hermosa por tener la posibilidad de ver el cielo, cuando todos los demas se escondían bajo sus techitos negros.
Unos días despues, en la mas porteña de las esquinas, un morocho ofrecía paragüitas transparentes a una módica suma.
Finalmente el container de importación habia arribado al puerto de Santa Maria de los Buenos Ayres.


1 comentario:

ojovidrioso dijo...

El primer hecho, lo compatimos.

A mi me encantaba chapotear bajo la lluvia con mis botas. Nuestra madre esatba costumbrada.

En cuanto al 3º: ¿no se conseguían paraguas transparentes? Que raro...
Bueno, justamente, y de casaulidad, ayer estuve bajo uno.

Saludos.