29.9.08

Casi Anís

El destino plantó en el terreno lindero a mi casa de la infancia una familia muy prolífica.
Por uno, no eran los 8 hermanos del famoso anís.
Crecían los retoños, al tiempo que envejecía el ligustro que mal cumplía sus funciones de medianera.
Una ventanita podada a mano era testigo de charlas infantiles: "chiquiiiiiiiiiiiiiiiitaaaaa!" nos llamaba la vecina para jugar.

El éxito gestacional no se repetía en lo económico.
Las penurias de "los del fondo" se nos hacían carne y vivíamos así nuestro propio cuento de realismo mágico, sin magia y sin cuento.
Suicidios fallidos con veneno de rata, golpes, gordinflones borrachos y rateros por falopa. Niños sin juguetes y ancianos con frío. Trabajos miserables y salarios ídem. Sueños tan simples que mas bien caían en la categoría de derechos básicos.
Solo faltaba alguien que levitase, pero ese mito lo suplimos rápidamente con la historia del hombre-gato.

La ventana de mi habitación daba al ligustro, que para la época de la adolescencia ya era casi un recuerdo.
Uno no podia descambiarse sin tener que cerrar un poco las cortinas.
Y si súbitamente pasaba uno de los 7, nos saludabamos con cortesía ("hola Lala" "hola Esteban") haciendo caso omiso de la remera esgrimida como escudo, defendiendo la inocencia de un corpiño por demás deshilachado.

1 comentario:

natanael amenábar dijo...

Leiste a Incardona, está buenísimo Villa Celina. Además pasa todo cerquita de tu casa. De hecho mientras lo leía me acordaba mucho de la frontera con Madero. Besote.