5.9.08

6 centimetros



En un futuro paralelo que arranca en 1998, soy la esposa de Otto y vivo en Berlin.
Viajo mucho, pero nunca sé el destino con anticipación. La aerolínea que me cuenta entre sus huestes me provee de un trajecito color manteca y me obliga a ponerme un pañuelo malva al cuello.
Despues de tantos años de pasear por los pasillos en las alturas, mis várices son cada vez mas dificiles de ocultar, a pesar de los horrendos zapatos de taco bajo que son parte del uniforme.
Cuando servía mis primeras bandejas, tenia la ilusión de que conocería el mundo como la palma de mi mano.
La verdad es que no me sé de memoria las callecitas de Paris, ni conozco como un paisano los mejores bistrots de Austria. Conozco, si, los principales aeropuertos como si fueran mi casa. Me paseo aburrida por los free-shops y tengo una colección envidiable de perfumes.
Mi compañero Eugenio se convirtió en mi mejor amigo: sus aventuras homosexuales con viajeros y capitanes son mi comedia de cabecera. Aunque ahora en Berlin ya nunca lo veo..
Tuve un petrolero indio que me cortejaba dejándome bombones cada vez que viajaba en business, distinguiendose de los tilingos que me creen su sirvienta. Y sufrí como una condenada cuando me enamoré del capitan casado con hijos que jamás dejo a su esposa.

A Otto lo conocí en un bar de Roma, en una escala del viaje a Frankfurt. Somos promedianamente felices con nuestro stock de cervezas y salchichas.


El punto de quiebre entre esta realidad y la mia, fue una aviso en el diario que pedia azafatas y requería 1,65 metros de altura.
Mi lastimoso vestuario y mi desfalleciente economía me obligaron a presentarme con una minifalda de boliche para satisfacer su pedido de que fuese con falda, estirada hasta lo imposible para que se acercara más a las rodillas.
Un peinado entre punk y Evita, se ilusionaba en zanjar la diferencia de centimetros que me separaban del mínimo. Eso, y los tremendos tacos.

La ingrata que me recibió me miró como a un perro enfermo, me hizo descalzar y me clavo el metro en la cabeza, entre mis cabellos que se elevaban como juncos : No, no te da la altura. Quiza para estar en tierra...

Mi autoestima y mis ganas de conocer el mundo se aguantaron las lágrimas y se tragaron la bronca.
Me fuí en llamas, escribiendo con sangre la promesa de que algun día me pagarían para que viaje con ellos. Y no como su empleada.

No hubo Otto, ni Eugenio, ni bistrots de Austria, ni callecitas de Paris para mí.
Aunque soy bastante feliz con mis 3 perfumes y mis piernas libres de várices.

3 comentarios:

natanael amenábar dijo...

Muy lindo ImagaZool, muy lindo. No sabía que te habías ido a probar a Aerolíneas.

Clara Oscura dijo...

Yo también soñé con ser azafata y conocer el mundo... y tampoco me daba la altura ni la miopía.
De la miopía me operé, pero lo de la altura es mas complicado (ni con jopo)....

Saludos

wallyzz dijo...

me haces acordar a Peña y su libro gracias por volar conmigo
Aunque vos pareces mas real

Abrazo