8.8.08

Hitos

El fin de mi adolescencia se adelanto 15 días.
La realidad le hizo pitocatalán a la fecha que marcaba la partida de nacimiento.
El don Juan de mis años mozos, mi amor idílico, había muerto.
Las paladas de tierra se alternaban: una para su cajón, otra para cada una de las ingenuidades que todavía me quedaban.
Durante el velorio, en mi teléfono se materializaba la entrevista de trabajo tan esperada, en esa época de vacas angurrientas y procesiones a los avisos del diario.
Era como si la vida me dijera “vamos, apúrate, termina de enterrar a tus muertos que te necesitamos en la próxima parada”.
Soplé las velas el día que el calendario indicaba, pero las cosas habían cambiado antes.

El fin de los locos años 20 también se adelanto.
Unos meses antes de lo que el calendario gregoriano marcaba, la realidad nuevamente se burlaba de mí.
Un amigo, forjado en el traqueteo de largas charlas compartidas a cuestas del transporte público, había muerto.
El mismo día que me entregaban las llaves de mi primer propiedad, conseguida después de mucho esfuerzo y empeño; contando desde el día de la llamada del velorio.
Trabajar para cambiar las cosas. Trabajar para armar un escenario más amigable. Trabajar.
Trabajar, trabajar, trabajar.
Trabajar, y en el mientras tanto, estudiar un poco.
La primera vez que salí al balcón de mi nueva casa, me quité antes las anteojeras que hasta entonces llevaba puestas y observe en silencio la ciudad panoramica.
Respire muy lento y maldije para mis adentros por no haber concretado nunca esas cañas que habíamos prometido que compartiríamos un día.
Sentí un calor en el rostro y una suave brisa me refresco la piel.
Era el soplo de una nueva era.

Así como el siglo XX no termino en diciembre del 2000, sino 11 meses después con el atentado a las torres, mi cambio de década hizo caso omiso del protocolo de agendas.

Los gringos, cual adolescentes inquietos, salieron a tirar bombas. Tejieron mil teorías distintas, elucubraron historias. Pero no pudieron negar que allá afuera pasaba algo que hasta entonces no habían mirado. Estaba ahí, pero no lo vieron.
Yo, que desde el día del balcón trato de mirar la vida en wide-screen, estoy tratando de hacer silencio para escuchar lo que antes no oía, para ver lo que no es obvio a primera vista, para experimentar lo que se descubre después del primer knockout a los sentidos.

Soplé las velas el día que el calendario indicaba, pero –otra vez- las cosas habían cambiado antes.

No hay comentarios: