16.8.08

Días de humedad

Los días de humedad me duelen, como a los viejos y a los contusos, en mis heridas viejas.
Crujen las articulaciones y se resienten los huesos.
El tobillo derecho chirría recordando el día en que se partió en dos, por haber estado en un auto que no debía, esquivado un beso que no le correspondía y abrazando con ahínco un poste de luz que nunca se planteo si estaba en el lugar correcto.
El tobillo izquierdo se lamenta, lisonjero, de su derrotero intelectual.
Dice que se sacrificó en pos de la excelencia académica, aprendiendo a programar en pose de flor de loto, frente a una mesita de TV con las patas truncas.
Que levantarse y caer de bruces no era su intención; que él estaba dormido y no le avisaron con tiempo del fin de la sesión de estudio.

Mienten, los dos, con distintos argumentos.
Le dan la derecha a aquella mujer que decía que con los tobillos gruesos y las piernas marcadas de moretones y rayas no sentarían bien los vestidos.

Cuando esta ciudad vaporosa se empeña en inflar los cabellos de las damas y retardar el secado de las sabanas en las terrazas, mis tobillos se miran y se reconocen, a lo Botero, en su circunferencia.
Se lamentan, contritos, y entonces aceptan los cargos.
No debían estar pero estuvieron. No debían caer pero cayeron.

Ay de mí!

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