9.7.08

Palabras en tinta

Promediando primer grado, se celebraba “la entrega de las lapiceras”.
En ese momento, las casi 30 niñas que éramos dejábamos de escribir nuestros palotes con grafito e inaugurábamos una hoja renglonada con la ocurrente frase “mis primeras palabras en tinta.”
Luego, una pequeña dedicatoria al ser querido de preferencia cerraba el momento Kodak.

El gimnasio del colegio era grande. Tenia piso de cemento alisado de obra (que no es el de ahora) y un tinglado de chapa muy alto. Allí se habían dispuesto nuestros pupitres alineados.
Se rumoreaba que iba a haber una sorpresa y la maestra nos chicaneaba sin disimulo.
Se había participado del evento a los padres, pero no recuerdo que hubiese pantalones en ese gran gineceo. Cada niña estaba acompañada de su mamá.
Yo también.
Nos hicieron sentar, nos dieron un discurso almibarado sobre “el gran paso” que estábamos dando y nos mintieron que iba a venir un hada (sic) a entregarnos nuestros bolígrafos nuevos.
Se escucho un….ohhhh! por lo bajo.
Cuando las puertas se abrieron, apareció una señora -que bien podría haber sido mi vecina-con un traje rosa y una falda de tules. El cono en su cabeza le confería la condición de ser fantástico.

No pensé que fuera a entrar un hada real (para ese entonces ya estaba descreída de muchas cosas), pero la estafa era muy grosera.
El hada, impostando la voz, nos invito a hacer una ronda en torno a los pupitres intercalando madres y niñas.
Me negué. Mi madre insistió. Me empaqué como una mula: no iba a participar de ese fiasco ni iba a fingir una estupida ilusión como hacían las demás.
Mi madre, avergonzada, no sabía como hacer para que vayamos a la ronda redonda y seamos –para la tranquilidad de todos- unos eslabones más.
Me dio un pellizcón fuerte sin que nadie nos viera y me imploro “no me hagas esto”.
No me inmute. Se fue sola a la ronda.
Las niñas, las madres (incluso la mía), el hada y la maestra giraban en torno a mi, que todavía era demasiado joven y no sabia explicar con palabras el porque de mi negativa.

El bolígrafo Parker era tan lindo que casi no fue usado. Descansa, como un trofeo, en un cajón.
La anécdota fue reiterada hasta el hartazgo por mi madre, que nunca me lo perdono.
La niña del pupitre se hizo grande, siguió sin creer en las hadas y finalmente encontró las palabras para expresar sus sentimientos.

Autenticidad.

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