30.7.08

La necesidad de la risa


En una reunión de trabajo –por caso- un hombre se presenta jaranamente. No sé de qué se ríe. Intenta que los demás lo sigan, mientras dice su nombre y nunca deja de mostrar sus dientes.
Lo miro. No me rio. El paradigma indica reírse todo el tiempo, hacer interjecciones graciosas, ser una cofradía de simpáticos.
No importa si no hay motivos. Hay que reírse!
Algunas mujeres acompañan la risa con grititos de rata. Ser divertido es un deber.
Podemos debatirlo. Pero quien dijo que presentarse de esa manera estupida te volvía más interesante?
Sostener el gesto adusto en esta sociedad adolescente es hacerse acreedor de una larga cadena de epítetos a cual mas duro. “Es rara”, dicen.
Yo prefiero el humor mas elaborado. El comentario mordaz, la respuesta exacta en el momento justo. La verdad sin medias tintas, con un dejo de ironía que invita a reírnos de nosotros mismos. Sin embargo no todos lo entienden y en su afán de poner rótulos, “es mala”, dicen.
Hordas de gente que se ríen como hienas ante muestras gratis de humor barato, de comentarios sosos, de copetes sin un ápice de chispa.
Hordas que van copando la ciudad y se inmiscuyen en el transporte público, en los comercios, en el trabajo, en la familia y en los círculos de amigos.
Desde atrás de mi café amargo, miro con compasión a los que siguen como ratones al flautista la moda de ser un saltimbanqui de las relaciones publicas, abrazándose a los gritos y superponiéndose al hablar.
Dudo que en otras épocas o en otras latitudes suceda lo mismo.
Quizá yo debiera ser un poco más permeable.
Quizá ellos debieran pensar un poco más antes de hablar.

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