4.5.08

Uncle Bob

Uncle Bob es medico. Y panzón. Creo que fue medico antes que panzón pero no me consta.
Era muy guapo cuando era joven, tenía un parecido a Sandro bastante importante.
Se dedica a esa enfermedad a la que todos eligen nombrarla con eufemismos, porque le temen.
Pero su faceta como profesional me importa bien poco. Lo que importa es el papel que el cumple en mi familia.

Uncle Bob invariablemente se sienta en la cabecera de la mesa, menoscabando al Dr. Spika –mi padre-. Mi padre no es doctor, pero recibió ese apelativo durante años en el almacén “Ricardito”, fruto de un malentendido que nunca creyó necesario aclarar.

Uncle Bob se acomoda como si la silla del living fuera la cátedra de San Pedro y espera alrededor de 20 minutos antes de empezar a hablar de temas médicos, como si a todos los asistentes a esa mesa nos interesara.
No hay ocasión ni escenario que sirvan de excusa para no hacerlo.

Todo empeoro cuando Lamayor empezó a cursar sus estudios universitarios en esa misma facultad, ante el aplauso y el pecho henchido de Uncle Bob y TiaBonita.
Desde entonces, soporto las cenas en silencio, a medida que el embole se me va aglutinando en la sangre y me guardo los comentarios, para no ofender.

Fue Uncle Bob quien me negó categórica y explícitamente la garantia que necesitaba para alquilar el departamento que me habia gustado, con el noble objetivo de no dejarme caer en las tinieblas y ser inquilina para toda la vida. Ofrecía, a cambio, prestarme algo de dinero para comprarme algo chiquito; que según TiaBonita me habia dicho en otra oportunidad, seria conveniente ponerlo a nombre de su hijo, ya que el capital era de ellos.

Arquee las cejas y me ofendí un poco. Este episodio nunca quedo aclarado del todo.

Uncle Bob me vaticinó un futuro de data-entry por blasfemar contra la divina profesión y elegir sin descaro una cosa diametralmente opuesta.

“Te va a ir mal” sentenció TiaBonita, mientras revolvía enérgica el relleno de carne para unas empanadas.

Sin embargo, Uncle Bob no es malo. Como Sandro, envejece en tonos de gris y grasas trans (pero afortunadamente sin sus problemas respiratorios).

Yo lo quiero a Uncle Bob porque tengo vívido el recuerdo de cuando nos hacia barriletes con cañas de azucar que cortaba del jardin de la casa de su madre, dándonos a elegir el color del papel que después se iba a elevar al cielo.

Desde esa época a esta, silencio.

1 comentario:

Cosima dijo...

Me siento muy identificada con lo que escribiste; con el paso de los años uno pule la lista de amistades y familiares con quienes realmente continúa teniendo una (buena) relación humana.

Sigo pendiente de tus posts!