12.5.08

Narcolepsia

De repente, sin aviso. Un sopor anestésico tan irresistible como petulante: “Yo tengo el poder ahora”, dice.
El rostro se desencaja. Caen los parpados, las mejillas asumen la ley de gravedad y se derriten. Las cejas abandonan su arco. Todo se desdibuja.
Los rostros se nublan y ya es imposible sostener una conversación.

“Mira un punto fijo, mira un punto fijo, mira un punto fijo….” Me repito incansablemente mientras una a una van cayendo mis defensas.
Mi boca articula comentarios desde otra dimensión, que no encajan en las conversaciones en las que participo. Soy mirada con estupor. Cabeceo sin poder controlarlo.
Me desmayo, literalmente.

Me tiene en sus garras.

Imposible que vuelva al mundo de los hombres sin invertir en –al menos- 9 horas de sueño ininterrumpido.
Difícil disculparse ante el publico impávido que no sabe lo que pasa. Difícil manejar la tolerancia de los interlocutores recurrentes. Imposible recuperar la lucidez y el tono muscular.
Las conversaciones tintinean a mi alrededor pero no son mas que eso: melodías que escucho sin poder reinsertarme, en una carrera agotadora por mantenerme en vilo.
Sucedió en una boda, en distintos restaurantes, en boites y hasta en un bowling.
Sucede todo el tiempo.

Se agravo con mis últimamente pocas horas de descanso diario. Pero vamos, que siempre estuvo.

La que nunca pudo aguantar una previa para salir sin dormirse, la que cabecea alevosamente obligando a apurar al mozo a traer la cuenta, la que necesita suplementos químicos para estar despierta mas allá de la 1am, la que siente el llamado cloroformico como si fuera una epifanía, la que detesta esta rutina soñolienta y lo que ella genera en su famélica vida publica.

Esa soy yo.

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