20.5.08

Lectura

A veces cuando la miraba, la sentia abatirse ligeramente, como si le hubieran dado un puñetazo entre los omoplatos. Una mueca de dolor que enseguida reprimia deformaba sus hermosos rasgos; la belleza de su rostro delicado y sensible era de las que resisten el tiempo; pero su cuerpo, a pesar de la natacion, a pesar de la danza clasica, empezaba a mostrar las primeras señales de la edad; señales que, como ella sabia demasiado bien, no harian mas que agravarse rapidamente hasta la degradacion total.
Conocia la mirada que ella tenia despues: la mirada humilde y triste del animal enfermo, que se aparta unos pasos de la manada, que apoya la cabeza en las patas y suspira suavemente, porque se siente herido y sabe que no puede esperar de sus congeneres la menor piedad.

[...]

Hubo cosas peores, claro, y ese ideal de belleza plastica al que ella no podia acceder iba a destruirla ante mis ojos.
Al principio fueron sus pechos, que ella ya no podia soportar (y es verdad que empezaban a estar un poco caidos); luego sus nalgas, que siguieron el mismo proceso.
Hubo que apagar la luz cada vez con mas frecuencia; y luego desaparecio la sexualidad misma.
Ella ya no conseguia soportarse; por lo tanto, ya no soportaba el amor, que le parecia falso.
Sin embargo a mi todavia me excitaba, bueno, un poquito, al principio; eso tambien desaparecio, y a partir de ese momento ya no hubo mas que decir.

[...]

De "La posibilidad de una isla", de Michel Houellebecq

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