4.5.08

De cómo perder una amiga: Parte II


Cuando me mude sola, hice lo que pocos hacen: toque timbre a todos los vecinos y me presente. Que sabia yo que eso no se estilaba, había vivido siempre en la misma casa y me parecía lógico presentarse a los vecinos cercanos.
Primero intente con el coreano del 4°, que no me abrió. Después la contacte a ella, que en una gala de simpatía y buena onda, me invito a pasar y me convido mate.

Inmediatamente nos caímos bien y compartimos muchas tardes y noches, aprovechando la comodidad que nos daba vivir a unos cuantos escalones de distancia.

Su incorrección me simpatizaba: educada bajo los estándares judíos, gozaba de adornar su casa para navidad –para el reviente de su ortodoxa madre- y revoleaba los ojos con desden cuando le hablaban de cualquier otra formalidad ñoña.

Era un poco áspero cuando ese mecagoentó lo trasladaba a su profesión: era maestra de discapacitados... “cada uno reacciona distinto ante lo que no puede soportar” –me auto convencía-.

Para cuando estaba embarazada, repetía incansablemente “lo único que me faltaba era dar vida”, en un éxtasis insoportable de egocentrismo.

La escuche pacientemente los 9 meses, a conciencia de que era la hormona que hablaba por ella y no su verdadero yo.

Con el crío afuera, el tema muto en su suegra: de cómo es que se le ocurría a esa vieja agarrarla a upa sin su consentimiento, como es que osaba cambiarle los pañales (y encima los pañales de la noche!!!), o como es que pretendía manejar el carrito cuando salían de paseo.

Además del monotema, confieso que me molestaba que inexorablemente, aprovechase mis visitas para sacar la ropa del tender y planchar. Me sentía la novela de las 4. Y en mute, porque lo que a mi me pasaba no le importaba a nadie.

“vos no entendes porque no sos madre”, me espetaba ante cada opinión disímil.

La tarde anterior a que la hija cumpliese años estuve con ella y escuche atenta todas las excusas posibles que tenia en mente si la maldita suegra se le ocurría llamar.. y dios no se lo imagine, si llegaba a caer de sorpresa.

Al día siguiente la llame y después de frases de manual, le pregunte “y? que van a hacer? Van a comer afuera?”

No, vamos a lo de mi suegra.- contesto, seca.


Y en un pase de gol, le pase sin preámbulos la factura de tantas tardes de escucha: la próxima vez que me hables mal de tu suegra te juro que te escupo la frente.


El día del perdón no estaba en su agenda, así que jamás volvió a discar mi número.

Ni yo el suyo.

1 comentario:

Cosima dijo...

Qué buen blog! lo acabo de descubrir!