28.4.08

De como perder una amiga: parte I

Es verdad que ya no compartíamos tantos intereses, pero todavía nos unía un moribundo hilo comunicacional: algún llamado, mails, el saber en que andaba la otra.
Por esa época, en su casa atravesaban una seria crisis económica: el negocio familiar estaba por quebrar y no caía un duro ni sacudiendo la casa, que de por si era bastante lúgubre.
A los 3 dias del primer encame (la primera noche) con un muchacho que conocio en una noche de tragos, se instalo en su casa.
Sizañeras, con E. deciamos que lo habia hecho para aprovechar las comodidades: en la casa de sus padres no tenian gas y estaban en jaque los demas servicios.
A ella no le importo: me mostraba oronda su nuevo vestido con florones naranjas adquirido en un shopping deluxe; mientras esperábamos que calentara el agua en la pava sobre la estufa eléctrica apaisada (la miseria es hermana del ingenio).

El muchacho era especial: se dirigía al resto de los mortales como si hablara desde un pulpito, iluminado por sentirse escogido al haber sobrevivido a un transplante.

Después se fue vaciando de contenidos propios; yo le prestaba mi oido y no opinaba mucho. Me fue exasperando a medida que oia cada vez menos su voz propia, y se repetian las recomendaciones de feng shui, flores de bach y angeles, sumado a un neo-cristianismo furioso y la mención recurrente de “la comunidad”, en un cóctel vomitivo para una persona que alguna vez considere libre pensante.

La comunidad es un tema en si mismo. Para mi era una secta. La PapaPai que lideraba esa secta ejercía sobre sus integrantes un poder hipnótico: no dejaban de consultarle TODO, desde como decorar la casa para atraer las buenas ondas, hasta como curar un cáncer. Me intrigaba conocerla.

Finalmente decidieron casarse y después de mucho debate, optaron por invitarme a esa ceremonia, que se anticipaba como “especial” y “para la que había que estar preparado”.

La PapaPai es un tema en si mismo.
Solo diré que me enfureció ver a la otrora mi amiga, enmarcada en un mar de velos, en una ceremonia en la que ella tenia menos relevancia que un cirio (resulto ser que su casi marido era el elegido de esa secta, el caso de éxito de una comunidad de pánfilos), supeditada al circo de esta señora, que bendecía panes, imponía manos e invocaba santos, mientras leía citas de un libro vetusto (similar a los de Lobsang Rampa).

Mi todavia amiga se percato de mi cara de nada (historicamente identica a mi cara de orto) y me espeto: porque tenes esa cara? porque tenes esa cara? porque tenes esa cara?
Una vez era suficiente. Dos era un poco difícil. Tres ya era un exceso.
Mi diplomacia se acaba al primer intento.
A la tercera vez le conteste con la verdad sin rodeos: no me banco a la gorda que te caso.
Y asi, en un revuelo de tules, se inscribian en letras goticas el “fin” de una amistad que habia sabido tener mejores dias.

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